martes, noviembre 29, 2005

Tormenta en la montaña...

Se camina a paso firme por esos senderos solitarios, muchos de ellos bordeando precipicios. Casi no se mira hacia adelante, por miedo a perder el paso o pisar en falso. La presión atmosférica se siente, y crea una sensación de angustia, de apuro, indefinible; es como si un garrote fuera apretando, lentamente, el pecho y la respiración no fuera suficiente para alimentar a la máquina. La mochila pesa más y más, y la transpiración se hace copiosa. El cielo, antes azul, se vuelve gris, y va cambiando a negro amenazador. El techo de nubes se hace más bajo, y pareciera que sólo basta levantar una mano para alcanzarlo. El viento se detiene, y sólo una brisa leve, húmeda, acaricia la cara. De pronto, el silencio se hace total por un instante, el negro cielo se transforma en una llamarada blanca, y una enorme explosión, aterradora, nos hace vibrar todo el cuerpo: la onda de aire la sentimos en nuestra cara, penetra nuestros pulmones y nuestro cuerpo se tambalea, casi cayendo hacia atrás; tenemos que arrodillarnos para conservar el control. Hay tormenta en la montaña.

Buscar refugio... ¿donde? Sólo es una empinada senda, que sabemos de donde viene pero no sabemos adonde nos lleva. Los árboles no son ni suficientes ni tienen ramas como para albergarnos. Las cuevas, sólo existen en los relatos y en los libros de niños: en la montaña no hay cavernas, o por lo menos no están al alcance en las alturas. Sólo contamos con nosotros mismos, y lo que sabemos. Sólo queda caminar, cubiertos por la capucha plástica que impide que la lluvia nos corra por la cabeza y penetre por nuestro cuello hacia la espalda. Sólo queda apretar el paso, ajustando el pié lo más posible al suelo que comienza a ponerse jabonoso, y avanzar. Por precaución, con un golpe de machete construimos otro bastón... 4 piernas se ajustan mejor al terreno que 2.

Las tormentas de montaña normalmente no van a compañadas de vientos huracanados. Son estallidos aislados, batallas épicas, relámpagos, que ocurren ahí mismo, sin que hayan ventarrones que trasladen sus furias a otros entornos. Eso hace que la tormenta se convierta en íntima: somos nosotros y la montaña, ella con su furia y nosotros con nuestra templanza. Es como si la hubieran construido para nosotros, sólo para nosotros. El aire se torna pesado, a veces es dificil respirar. El cielo, negro y surcado de hilos plateados, adquiere consistencia gelatinosa y movediza: es como si en cualquier momento nos cayera encima y nos aplastara. La lluvia, generosa, nos envuelve. Cuando no hay lluvia, tormentas secas, lo que nos envuelve son las líneas espectrales de la electricidad estática. Aparecen en todas partes, salen de nuestro cuerpo y nos recorren, como jugueteando. Una tormenta en la montaña es una sensación única. Cada una equivale a un orgasmo, hace estallar los sentidos.

Y luego, desaparecen. Se van, tan silenciosamente como llegaron. Deja de caer agua, el cielo recupera poco a poco su color original, del suelo se comienza a levantar una "humareda" de humedad, y el perfume de tierra mojada lo invade todo.

Y nosotros... seguimos caminando.

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