domingo, octubre 01, 2006

Santa Cruz de la Sierra... cuando llegué hace 25 años

Hace 25 años, cuando llegué a Santa Cruz por primera vez, ¿cuáles son mis recuerdos? Desde el avión se veía como un collar de pedrerías, perfectamente redondo, en medio de la oscuridad. No era tan extendido como ahora, en que ya perdió su forma. Al abrirse el avión, una bocanada de aire tibio y oloroso a pasto verde y a vegetación. La calidez de la noche (eran como las 20:00 horas). El aeropuerto El Trompillo, pequeño y acogedor, lleno de bullicio. Las maletas, que las entregaban por un portón aledaño al edificio. Los taxistas, que se peleaban pasajeros. Antes de subirme el taxi, mi vista se perdió en una avenida bordeada de altas palmeras y llena de luz. El taxista, dicharachero, al saber que era nuevo me contaba de su ciudad. El Hotel Cortez, limpio y acogedor. Todo en ese entonces me supo a bienvenida.

Luego, la gente, los amigos (todos eran amigos, aunque no fueran conocidos). Las tertulias con guitarreo. Los buris de los viernes, con los cantos, el baile, y la conquista. Muchas veces el amor en la oscurana, rápido, sensual, sin exigencias, para volver al buri y seguir cantando y bailando. Las serenatas al pié de una ventana, y el rito ancestral: cortinas que se movían, cuchicheos que se adivinaban, luces apagadas, signos de vida tras esos vidrios o balcones, y al fin la tan esperada aparición de la niña, y el abrazo con el galán. Al día siguiente, esas sopas y platos levantamuertos. ¿Cuántas veces salí de la fiesta directo al trabajo? ¿Cuántas noches pasé en las arenas del Piraí, conversando y escuchando los cantos de mis amigos y la caricia de una o varias guitarras? ¿Cuántas veces me despertó el sol, en ese colchón arenisco del río?

Las costumbres amables de un pueblo sencillo. Las noches en que las puertas eran medio abiertas, medio cerradas. Uno recorría las calles al amanecer, e iba contorneando las 4 o 5 sillas abandonadas al desgaire frente a cada puerta. Todavía no había losetas en todo el pueblo, y uno que otro edificio de muy pocos pisos se asomaba tímidamente en esa realidad pueblerina. En mi primera casa, Barrio Hamacas, alejada del pueblo, a la que llegaba atravesando una avenida sombreada de árboles. Las víboras, tantas veces encontradas dentro de la casa y bajo las mesas o las camas. Y esas noches, cálidas y olorosas, esas noches cruceñas. ¡Y esas tormentas eléctricas, que tejían el cielo con sus rayos y alumbraban el firmamento con sus refucilos!

¿Qué se ha ido en todos estos años? La gente ya no es la misma. Antes eran sencillos, abiertos, alegres, de una sola cara y una sola palabra; ahora, parecen constipados, llenos de maneras, “mundanos” a la fuerza. Antes se dedicaban a trabajar y sacarle al monte sus riquezas; ahora, cada cual más o menos aparenta ser un “ingeniero financiero” urdiendo trampas para hacer caer al otro. Las mujeres… las de antes, se veían vitales, desbordaban alegría, eran directas, saludables, era un poema verlas caminar con ese contoneo natural y sensual; ahora, hay que reconocerlas tras los afeites y las modas impuestas por quién sabe quién. Ahora pareciera que todas andan en pasarela, como si estuvieran en oferta, con contoneos de cinturas que huelen a falso y superficial. Antes ¡todas eran Magníficas! Ahora, sólo las que son señaladas con el dedo-Dios de algún fotógrafo.

La misma ciudad cambió, así como la gente. Ahora nadie duerme con la puerta abierta. Ya no quedan sillas en la acera. Ya no existen la serenata, ni los buris. Ya casi no se escuchan guitarras. Casi da miedo avalar a alguien y nadie se atreve a hacer un favor. Ya no vale la palabra, ni la firma escrita. Ya no existen los grandes almacenes, los mercados con sabor a propio; ahora están los Bancos. Ya ni rayos hay en los cielos, sólo truenos que más parecen quejas del cielo por lo sucedido. La misma Feria Exposición ahora es otra: no es la ventana del esfuerzo y el mostrar de la última frontera ganada; ahora parece virgen ultrajada.

Que pena, Santa Cruz, que te haya llegado el progreso tan de golpe. Que pena que nadie te avisó sobre lo que te pasaría por aceptarlo. Que pena que la juventud de ahora no alcanzó a ver lo que yo ví. Pero, en esas pocas noches de tormenta, miro al cielo y recuerdo…

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